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viernes, 22 de mayo de 2015

Domesticar animales deja huella en su ADN

El Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva de Leipzig (Alemania) ha presentado los resultados de su estudio relativo a la domesticación de los animales, en el que se expone que la domesticación por parte de los seres humanos deja una huella en el ADN de los animales, presentando los animales domésticos ciertas variantes genéticas que afectan a determinados procesos biológicos como el desarrollo facial, la coloración de la piel o incluso el cerebro.

Los investigadores, liderados por Alex Cagan examinaron el ADN de ratas de alcantarilla,también llamadas ratas de noruega o ratas chinas, que habían sido criadas durante 70 generaciones para mostrarse agresivas o mansas hacia los humanos. Los resultados de ADN revelaron que las ratas dóciles o domesticadas tenían cambios genéticos en al menos 1.880 genes.

Comparando estas conclusiones con los análisis de ADN de otros animales domésticos comunes como perros, gatos, cerdos o conejos y sus respectivos compañeros pero en estado salvaje, los expertos hallaron idéntico resultado: la domesticación tenía una cambio asociado en los genes para los factores de crecimiento epidérmico y otras proteínas que estimulan el crecimiento de las células.

Esta conclusión parece apoyar la hipótesis de que los cambios recientes en las células de la cresta neural que comprende unas pocas células y que existe temporalmente en etapas tempranas del desarrollo embrionario de los vertebrados, podrían ser responsables del síndrome de domesticación, que incluye cambios físicos en las orejas, en los colores de su pelo o en la dulcificación de sus rostros, rasgos comunes entre los animales domésticos.

jueves, 7 de mayo de 2015

Quimeras para incubar órganos humanos

“Cabeza de león, vientre de cabra y cola de dragón”, dice de la quimera el diccionario, que añade como segunda acepción: “Lo que se propone a la imaginación como posible, no siéndolo”. Los científicos proponen ahora otras quimeras a la imaginación como posibles, y siéndolo. Un nuevo tipo de células madre descubiertas en embriones de ratones y humanos, fáciles de clonar, cultivar y modificar genéticamente, imprime hoy un salto cualitativo a la biología del desarrollo y a la incipiente medicina regenerativa. Entre sus múltiples talentos está el de permitir el crecimiento de tejidos humanos en un embrión de ratón. Son quimeras posibles, y avistan un nuevo continente biomédico.
“Las celulas humanas”, aclara enseguida el líder del estudio, el investigador español Juan Carlos Izpisúa, “se han implantado in vitro en un embrión de ratón no intacto y no viable, y además se ha parado el experimento en un día, una vez que comprobamos que podía dar lugar a las tres capas embionarias [mesodermo, endodermo y ectodermo] de donde derivan todos los tipos celulares de un organismo; por lo tanto el experimento está dentro de las normas y protocolos aprobados por los comités reguladores”.
El trabajo es el tercero que sale de la factoría Izpisúa en las últimas tres semanas: el primero se publicó en Cell (un método para corregir las enfermedades transmitidas por la madre); el segundo en Science (una clave esencial del envejecimiento humano); y el de ahora en el artículo principal de Nature, con lo que el laboratorio del investigador español en el Instituto Salk de California se apunta las tres medallas olímpicas de la ciencia a la vez.
Pero caben pocas dudas de que esta línea de investigación está llamada a chocar con obstáculos éticos y legales a no mucho tardar. Un aperitivo: ya la publicación de este artículo en Nature se ha retrasado dos semanas porque WiCell, una organización sin ánimo de lucro de la Universidad de Wisconsin, en Madison, que almacena y distribuye líneas de células madre a los laboratorios de todo el mundo, exigió aclarar en el artículo que los experimentos de quimeras se habían hecho con embriones inviables. WiCell había aportado una de sus líneas celulares al trabajo, y quería evitar conflictos con sus donantes de células y sus accionistas.

miércoles, 29 de abril de 2015

Así se ve el placer y el dolor en el cerebro

En la vida, todos los comportamientos posibles se resumen en dos: buscar placer y evitar el dolor. Lo dice la neurocientífica del Instituto Tecnológico de Massachusetts Kay Tye. Para hacerlo y seguir vivo hace falta un cerebro capaz de almacenar memoria emocional, recuerdos malos y buenos que nos dicen cómo actuar cuando volvemos a encontrar amenazas o premios. Por ahora es un misterio cómo diferentes redes de neuronas dentro del encéfalo se encargan de procesar toda esa información. Para intentar aclararlo, un nutrido equipo de neurocientíficos de EE UU ha analizado en directo el cerebro de ratones que experimentaban dolor o placer gracias a nuevas técnicas de neuroimagen. Los resultados muestran que los circuitos cerebrales que controlan las experiencias positivas y negativas están conectados y pueden anularse unos a otros. Las experiencias dolorosas no solo serían malas por sí mismas sino que además debilitarían la capacidad para procesar nuevas sensaciones agradables. Esto, piensa Tye, puede tener importantes implicaciones para el estudio de trastornos como la ansiedad, la depresión o la adicción a las drogas que podrían originarse cuando estas conexiones se desbaratan.
“Estos circuitos son muy parecidos en ratones y humanos y creo que nuestros hallazgos pueden ser muy relevantes para las personas”, explica a Materia Tye. Su equipo presenta hoy en Nature una instantánea de esos dos entramados de neuronas en pleno funcionamiento. Lo han conseguido introduciendo moléculas fluorescentes en el cerebro de ratones que bien sufrían unas pequeñas descargas eléctricas o recibían una golosina justo después de escuchar un sonido de alarma. Así han podido dilucidar qué neuronas intervienen en cada uno de los circuitos y, más importante aún, han visto cómo ambos están interconectados. Para comprobar cómo funciona cada uno, el equipo de Tye ha utilizado una técnica muy novedosa conocida como optogenética y que permite activar o desactivar una parte del cerebro a voluntad con luz. Eso les ha permitido demostrar que cuando se estimulan los circuitos que canalizan las experiencias placenteras, el circuito opuesto se bloquea y los ratones pierden la capacidad de aprender de experiencias dolorosas y viceversa.